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Nalifka, aroma de Rusia 

Es un licor de grosella, cereza, arándano o ciruela con nombre evocador, de alta estima en el Sur de Rusia, como nos refería Dimitri Znamensky, corresponsal de la agencia “Novosti” de noticias, colega moscovita a quien, con nostalgia, contamos que ese preparado tan exquisito lo habíamos probado alguna vez, producido prodigiosamente por el khan Rajak Bekh Kadjieff, personaje de leyenda nacido en el Cáucaso ruso a fines del siglo XIX.




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Antiguas historias del “lapti” ruso, el futbol de los pobres
Enviado el Thursday, 05 April a las 19:10:00
Tópico: NALIFKA

*Los campesinos jugaban esa modalidad, prohibida por la religión.

*Destierro a Siberia o garrotazos, los castigos por practicarla.

*Antes de 1917, los obreros disfrutaban el balompié con entusiasmo.

*El alcohol fue otra forma de escape a una situación servil opresiva.

 

Luis Alberto García / San Petersburgo



Desde esta ciudad construida sobre una marisma en el extremo noroeste de su imperio, los zares gobernaban en ella desde el siglo XVIII, bajo la guía europeizante de Pedro el Grande (1682-1725), quien ordenó que Moscú dejara de ser la capital de la antigua Moskovia.

Sus dominios eran tan inmensos desde entonces que, cuando empezaba a anochecer en las fronteras occidentales, ya estaba amaneciendo en Kamchatka y Vladivostok, en las costas del Océano Pacífico, lejanos territorios que los convertían en confines de un continente que ocupaba la sexta parte de la superficie terrestre del globo.

Los ríos Volga, Dnieper y Don corrían apacibles por las estepas de la Rossiya (Rusia) europea hacia el sur y, hacia el este, en Siberia, aparecían los pantanos desolados y los bosques nunca pisados por el hombre, en la tundra endurecida por las nieves perpetuas.

En aquella inmensidad territorial vivían entonces 130 millones de seres humanos, súbditos del imperio zarista: rusos, ucranianos, uzbekos, bielorrusos, tártaros, kazajos, azerbaijanos, armenios georgianos, moldavos, lituanos, judíos y kalmucos de los Urales, a quienes se sumaban una treintena de etnias caucásicas, orientales y siberianas del norte.

Algunas se agrupaban en aldeas provincianas, dominadas por un templo con cúpulas en forma de cebolla, compuestas por chozas de troncos, a cuyos costados crecían los famosos girasoles de Rusia, nombre que llevó una célebre película protagonizada en la década de 1970 por Sofía Loren y Marcello Mastroiani.

Hombres y mujeres trabajaban en el verano, mientras en el invierno los campos se convertían en una interminable llanura en donde morían de hambre o por las heladas, liberados hasta 1861 del régimen de servidumbre por un acta promulgada por Alejandro II, el “Zar Libertador”.

Durante esas hambrunas, los mujiks se envolvían en harapos y recorrían los campos nevados, en tanto que los terratenientes y la nobleza ridícula pasaban frente a ellos en sus troikas lanzando monedas, seguidos de los recaudadores de rentas, que se las quitaban inmediatamente, con escuadrones de cosacos vestidos de gris que siempre los protegían, atacando a la chusma indefensa con sus sables relucientes recién afilados.

Terratenientes, policías, gobernadores, funcionarios locales y religiosos –nunca el batiuska tsar (el padrecito emperador), quien no se daba por enterado de la amargura de su pueblo- reprimían y maldecían a los miserables que querían escapar a esa condición, entreteniéndose en un juego en el que usaban un cuero relleno de plumas, con el que, pateándolo, recorrían distancias medianas hasta meterlo entre dos varas de madera clavadas en el suelo.

Para esos mujiks empobrecidos, pese a que existe una fecha del primer partido oficial de futbol en ese país desconcertante, el deporte de las patadas o algo parecido ya existía y, al igual que en otros lugares, había juegos de pelota similares, y se sabe que los primeros “futbolistas” jugaban con un objeto redondo relleno de plumas, llamado lapti.

Como en Inglaterra –donde se inventaron las reglas oficiales y se practicó organizadamente desde 1863-, en Rusia trataron de prohibir el futbol, y ejemplo de ello es que una orden de la Iglesia ortodoxa rusa, sentenciaba:

“Aquel que durante los feriados o en la semana y las noches festivas, asista o practique el juego con lapti, no podrá recibir la comunión por siete años, hará cien reverencias y rezará doscientas oraciones”.

De ello dan cuenta las historias que, oralmente, se transmitían de generación en generación, en las que aparece el Pope o arcipreste Avvákum Petrov, quien propuso quemar, golpear o exiliar a esos corredores, apoyado en un decreto del zar Alejo I de 1648, que decía así:

“Las personas que practiquen ese acto que Dios condena, serán castigadas con fuego o deberán ser golpeadas con palos y, las que no dejen de hacerlo, lo repitan una y otra vez, serán enviadas a tierras lejanas”; es decir, a Siberia.

Es la primera mención a un ejercicio deportivo lo más parecido al futbol, cuyos lejanísimos antecedentes de remontan tres mil años atrás, a la China de la dinastía Ming.

“No hay fase prerevolucionaria igual en el mundo que la ocurrida en Rusia antes de 1917”, explica David Floyd, veterano corresponsal del “Daily Telegraph”, posteriormente diplomático en la antiguas Yugoslavia y Checoslovaquia, y en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

“A principios del siglo XX”, dice- “la figura y naturaleza de la administración zarista estaba determinada por la preocupación de mantener un imperio inmenso unido, por lo que es difícil creer que se haya recurrido al futbol como una forma de cohesión.

“A eso se debe que, ya organizado, ese deporte se gestionara a través de la Unión de Futbol de Rusia, dejando de lado el nombre de Unión de Futbol de Todas las Rusias”.

Esa denominación prevaleció hasta febrero de 1917, un mes antes de la abdicación de Nicolás II, para entrar en receso hasta 1924, concluida la guerra civil entre “blancos” y “rojos”, con la victoria de éstos últimos y coincidiendo con la muerte de Nicolás Ilich Uliánov, “Lenin”.

Floyd recuerda que la convulsión permanente del zarismo en su fase terminal –con una agonía que en realidad duró de 1894 a 1917- pocos iban a ocuparse del futbol; sin embargo, las obreros de las fábricas como la Pútilov de San Petersburgo lo disfrutaban con gran entusiasmo.

Se divertían por encima de la politización que significaba que, en tiempos tan complejos, en algunas asambleas locales (zemstvo) se oyera eso que los zaristas llamaban “voces insensatas”.

Al heredar el cetro de su padre Alejandro III, el último de los Románov advirtió: “Sostendré el principio de la autocracia con tanta tenacidad y firmeza como mi difunto padre”, pero sin admitir que durante su breve reinado, de 1881 a 1894, su progenitor había desmantelado la obra de su antecesor -Alejandro II-, influido por su consejero y “alter ego” Konstantin Pobiedonostsev, reaccionario, fanático, misántropo; pero sumamente inteligente

A eso se debió que el deporte y las actividades físicas en general pasaran a un segundo plano, no obstante que, era evidente, eran del gusto de un pueblo que únicamente tenía el alcohol y el futbol como medios de distracción ante una realidad económica y social de espanto

Y fue así como empezaron a organizarse aquellos incipientes torneos y equipos locales de futbol, sin importar que la Ochrana -policía secreta del zar- considerara “elementos subversivos” a los jugadores que los integraban, los detuviera, torturara, fichara, exiliara a Siberia y hasta los asesinara ante cualquier síntoma opositor a la corona imperial, sin control judicial y por encima de la autoridad civil.


 
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